No todo lo que nos pasa hay que “trabajarlo” ni todo suceso hay que “controlarlo” para estar bien, que ya parecemos microempresas andantes. Estamos tan enganchados a un idealismo narcisista y a un ego frustrado que es necesario valorar los agujeros, las grietas, las roturas. Hay que aprender a abrazar la incertidumbre y la vulnerabilidad.